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Barrio de las Cantarerías. En el NE del casco urbano se encuentra el Barrio de las Cantarerías, llamado así porque desde tiempo inmemorial sus pobladores se han dedicado a la elaboración y comercialización de cántaros y demás enseres cerámicos. Ya en el siglo XV hay constancia documental de la importancia de este oficio; en la visita de la Orden de Santiago que data de 1478 se afirma que "la Alcaidía tiene el diezmo de los cántaros".


El origen más probable del barrio se remonta a la época de los mudéjares, ya que tanto la estructura urbanística del barrio como la morfología de las piezas y los procedimientos empleados en su elaboración son típicamente árabes. No obstante, no hay documentación que atestigüe esta hipótesis. Sin embargo, sí se conocen los catorce procesos contra moriscos (mudéjares bautizados) de Mota durante el último tercio del siglo XVI. Sería interesante saber si se dedicaban al oficio de alfarero.

En las Relaciones de Felipe II (1575) no encontramos mención alguna relacionada con la alfarería o los hornos de cocer cántaros. Es en el Catastro de Ensenada (1752) donde se recoge que la Mesa Maestral del Partido de Quintanar percibe el diezmo de tenajas para agua (de cada diez una). A su vez, la Alcaidía sigue percibiendo, como en el siglo XV, el diezmo de cántaros y demás piezas de alfarería que se fabrican en esta villa (a excepción de las tenajas sin asa para agua).

A mitad del siglo XVIII había en esta localidad cuatro hornos para cocer cántaros, aunque uno no servía por estar a punto de arruinarse. Y entre las ocupaciones de artes mecánicas que hay en el pueblo, destacan con diferencia los alfareros con un total de 53, de los cuales: 23 son maestros, 33 oficiales y ningún aprendiz. Le siguen en número los pelaires (28), los zapateros (16) y los sastres (12). Esta predominancia se mantendrá en el siglo XIX como consta en los registros de Cédulas de vecindad.

En 1854 el Barrio de las Cantarerías estuvo a punto de desaparecer por completo debido a la epidemia de cólera-morbo que hubo en La Mota.

La singularidad de la alfarería moteña le viene dada porque ha sido tarea exclusivamente femenina. Las mujeres preparaban y elaboraban las piezas, mientras los hombres eran los encargados de sacar el barro de los barreros y transportarlo al alfar, preparar la barda o combustible para el horno, llevar las piezas al horno para cocerlas y vender el producto fuera de la localidad. Curiosamente, las cantareras de Mota no tenían alfar, por lo que trabajan en alguna estancia de la vivienda acondicionada para ello.

En los años treinta y cuarenta había siete hornos que cocían cada uno con una periodicidad semanal, al menos en la época de trabajo, que siempre ha sido desde la siembra hasta la cosecha. La tarea de "enhornar" o cargar un horno es un verdadero arte, pues el rendimiento económico de todo el proceso depende, en gran medida, de la cantidad de piezas que pueden introducirse en el horno. Por ello, existen auténticos especialistas horneros, que siempre han sido muy buscados y su tarea muy reconocida.

El centro neurálgico del Barrio es la Plaza de la Cruz Verde, en la que se encuentra el Monumento a la Cantarera y el único horno existente en la actualidad. De esta plaza parten las calles donde tradicionalmente han vivido los cantareros, entre las que se encuentra la de las Cuevas, posiblemente por la abundancia de éstas.

 

 

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